“Coludirse es muy grave,
pero hacerlo con los medicamentos
es criminal”

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Guido Girardi: “Mi pasión no es el poder… es la ecología”.

Publicado el 20/10/2017 | 0

Por tercer año, el senador Guido Girardi fue elegido el parlamentario más poderoso de Chile. Tras 24 años en el Congreso, afirma que un nuevo gobierno de Piñera no sería una catástrofe, que Guillier fue una respuesta a la falta de liderazgo de la Nueva Mayoría y que el Frente Amplio no tiene capacidad para proponer soluciones. (Fuente: Revista Que Pasa. Por Nicolás Alonso / Foto: Sebastián Utreras)

Su oficina, en el ex Congreso, es amplia y algo extravagante. De las paredes cuelgan una veintena de acuarelas que muestran mares y embarcaciones, que alguna vez pintó su padre, y una enorme fotografía enmarcada en la que sale junto a Sebastián Piñera. Fue tomada en un Tedeum: él está sentado, de piernas cruzadas, y sobre sus pies resplandecen unos calcetines verdísimos. Piñera, sentado a su lado, los mira de reojo, asombrado. La imagen está detrás de su escritorio, en el que hay algunas figuras budistas y un cráneo: es una de las tres reproducciones que existen de Toumaï, un hominino que vivió hace siete millones de años en África, el más antiguo de la línea de primates que derivó en el hombre.

—Los otros dos los tienen Jacques Chirac y el ex presidente de Chad —dice, orgulloso.

Se lo regaló su descubridor, el famoso paleontólogo francés Michel Brunet, cuando lo nombraron presidente del Senado. Ahora es un lunes, son más de la siete de la tarde, y Guido Girardi está parado en medio de su oficina, con el cráneo en las manos. Detrás de él, las estatuas de dos santos chilotes, ataviados con ropas blancas, ofrecen las suyas abiertas. En su casa tiene una colección de ellos.

—Soy un ateo que persigue santos —dice, con una sonrisa de medio lado.

Unos días antes ha presentado un libro recopilatorio de los primeros seis años del Congreso Futuro, su gran orgullo: el enorme congreso científico que organiza todos los veranos en este mismo edificio, durante una semana, y que suele contar con las presencias de premios Nobel. De esos temas le gusta hablar, con un entusiasmo difícil de interrumpir, cada vez que tiene la oportunidad: sobre cómo enfrentaremos un futuro de evolución tecnológica frenética, sobre cómo evitaremos la extinción de nuestra especie, sobre cómo haremos para no ser sometidos por las máquinas. Y dice, también cada vez que puede, que la política chilena no está a la altura de ese debate.

—¿Se considera una persona poderosa?

—Diría que es un concepto que no tiene mucha esencia hoy, el poder. Lo que está en discusión hoy, justamente, es dónde está el poder real, cómo se constituye. Yo pienso que viene una metamorfosis del poder: en el pasado era quién controlaba el petróleo y la energía, un poder vertical, jerárquico, de propietarios. Pero la civilización digital es un cambio de era: el poder hoy es intangible, es simbólico y está distribuido. El poder hoy son los datos.

—Un cuarto de siglo tomando decisiones que afectan al país es poder real, ¿no?

—Yo pienso que los que tienen poder me atribuyen poder porque yo, paradojalmente, he cuestionado ese poder. He cuestionado el poder de los grandes grupos económicos en materia de medioambiente, y no sólo por Dominga. A mí me acusaban de ecoterrorista porque paré Trillium, luché contra HidroAysén, contra Castilla, contra los atentados a las comunidades diaguitas en Pascua Lama. Contra las AFP, contra las isapres…

—Cuando se habla de su poder, se suele decir que usted es dueño de una maquinaria que otorga y quita puestos en el aparato público. ¿Qué piensa de eso?

—Pienso que cuando las personas no tienen cómo confrontar a otro desde el punto de vista de los argumentos pasan a la descalificación. Yo no soy presidente del PPD desde… no sé… ¿2004? Ni viajo a regiones.

—¿A qué atribuye esa imagen, entonces?

—A que no quieren reconocer que hay una legitimidad intelectual, de contenido. Desde el inicio yo instalé al PPD como el partido de la defensa del medioambiente, fuimos los primeros en hablar del aborto, creamos el primer proyecto de matrimonio igualitario. Tampoco digo que sea un santo, pero hubo un intento de descalificación de mi persona al no poder establecer un debate en el plano de las ideas.

—¿Se arrepiente de algo?

—De muchas cosas. Hay muchas cosas que podría haber hecho distinto, y ojalá pudiera rebobinar y aprender de la experiencia. Por eso me interesa el futuro, que es lo que puedes cambiar. Yo creo que soy un privilegiado de la vida, he tenido accidentes que me tuvieron al borde de la muerte. He estado muerto, tuve un paro cardiaco, he estado en coma, ¿te das cuenta?

—Después de todo eso, ¿por qué sigue acá? Se dice que el poder es una droga.

—Bueno, con toda la dureza que tiene la política, yo acá tengo la posibilidad de hacer cosas que me apasionan; la lucha ambiental, por los derechos de los homosexuales, por los animales, los temas de ciencia, que fue mi pasión de toda la vida. Yo nunca quise estar aquí, nunca me imaginé siendo político. Si no hubiera existido Pinochet, no estaría en la política. Sería un médico en algún rincón de Chile, tal vez en una región.

—¿Y por qué no fue médico, entonces?               

—Nunca he abandonado mi rol de médico. Soy un médico que tiene que ver con la sanación social, ¿te das cuenta? Todas las cosas que hago, las hago desde la perspectiva de un médico que entiende la salud del planeta. Nuestra salud depende de la salud del planeta. Hoy mi pasión es la ciencia, estamos en una interfase apasionante, el fin de una civilización y el paso a otra. Y creo que este mundo de los datos y la nanotecnología está ocurriendo a una velocidad tal, que hoy la educación es anacrónica, la universidad es anacrónica, y también el Parlamento, la política y el Estado están obsoletos y son anacrónicos.

—¿Por qué nunca ha querido ser presidente? Cuesta imaginar a un político que no quiera ver su rostro en los carteles.

—Porque mi pasión no es el poder. Mi pasión es la ecología, la diversidad, la igualdad, la ciencia, y no tengo ganas de distraer mi atención del Congreso Futuro, de mis lecturas. Yo tengo un desafío de leer un libro cada dos o tres días.

—¿Lo consideró cuando sonó su nombre para permitir las primarias?

—No.

—¿Hubiera sido mejor candidato que Alejandro Guillier?

—Puede ser, pero no es mi interés, y como no es mi pasión, no está en mi acción. Puede ser que haya dejado pasar una oportunidad de poder, podría haber estado en la franja, ir a foros. Sé de salud, de ciencia, puede que incluso tenga fortalezas.

—Hace unos meses usted calificó a Guillier como un “castigo”, pero ahora lo apoya. ¿Ya no se siente castigado?

—No, hago una reflexión más de fondo. Creo que en la izquierda y la derecha no tenemos respuestas para el mundo que viene. Que nuestras ideologías son anacrónicas, porque venimos de un pensamiento vertical, analógico, que no entiende la complejidad. Cuando la política no tiene respuestas, la sociedad las busca como un río busca su cauce. En Francia se llama Macron; en Filipinas hay un asesino institucional que se llama Duterte; en Estados Unidos se llama Trump…

—¿Y en Chile se llama Guillier?

—En Chile no tenemos un fenómeno populista, pero Guillier existe porque nosotros, la Concertación y la Nueva Mayoría, no fuimos capaces de ofrecerle a la sociedad una respuesta. Guillier es responsabilidad nuestra, de no haber tenido ni audacia ni visión ni entusiasmo ni liderazgo para convocar a una nueva etapa de Chile. Guillier fue una especie de salvavidas, porque si no era él, no había nadie. Nosotros apoyamos a Lagos; yo mismo, que nunca fui laguista, entendí que en ese escenario me interesaba que la política se contaminara de ideas y no de situaciones accesorias, como se ha contaminado.

—¿Al bajar a Lagos esa oportunidad para las ideas se perdió?

—No es que se perdiera… a mí me parece que Lagos obligaba a la política a reflexionar. Nosotros le dijimos a Lagos: tú vas a ser el portavoz, no el propietario, de un proyecto de contenidos. Cuando vi los debates de la primaria de la derecha, me dolió. Uno podría decir: “Mira, qué bueno, es sólo descalificación y mediocridad”, pero finalmente esa es la política chilena. No vi ninguna idea de nadie, y en realidad creo que nos falta densidad.

—¿Cree que falta nivel en la discusión?

—Te voy a contar una anécdota: Microsoft creó un robot para dialogar con la ciudadanía, alimentado por los datos de la propia ciudadanía, y lo tuvieron que desconectar porque se transformó en un robot homofóbico, nazi y racista. Finalmente, en esta lógica de la política como bien de consumo, la política dice lo que la gente quiere escuchar. Creo que subvaloramos a nuestra propia sociedad, donde en vez de dar propuestas le proponemos un debate-basura, que genera respuesta-basura. En esta vorágine del mundo consumista la política se comporta como una tienda de retail. Piñera se dedica todos los días a decir que estamos caminando al abismo. Y yo digo: ¿por qué no cuidamos a este país, privilegiado a nivel mundial? ¿Por qué no valoramos la suerte de vivir en un país que no tiene terrorismo, que es mucho más seguro que Venezuela?

—La percepción social no es esa…

—Bueno, no importa, pero es la realidad. ¿Qué percepción queremos instalar? Si todos los días muestras en televisión asesinatos, crímenes, la gente vive en un mundo establecido simbólicamente por la publicidad. Lo primero es decir: paremos un poco, el mundo asiático está al borde de un colapso nuclear, el mundo árabe vive una crisis de guerra, en Francia hay terrorismo, otros tienen crisis y nosotros…

—¿Deberíamos estar felices?

—Deberíamos estar felices con lo que tenemos, y valorarlo más. No es cierto que si sale Guillier no va a tener capacidad, y tampoco que si sale Piñera vamos a ir a una catástrofe. ¿Por qué entrar a ese escenario? Se anula todo. Yo no quiero entrar a ese debate. Yo creo que el país de Piñera es peor que el país de Guillier, pero no es dramático.

—¿Que gane Piñera no lo vería grave?

—Ya lo vivimos, y el país no se destruyó porque saliera Piñera, ni va a caer al precipicio si sale Guillier. Pero hay énfasis muy importantes. Yo creo que todos tenemos derecho a la misma dignidad. Piñera está contra el aborto terapéutico, o la gran mayoría de los que lo rodean, no es partidario del matrimonio igualitario, ni de que las personas puedan decidir su identidad de género. Y representa algo que no es bueno: que una persona tenga dos mil millones de dólares y otros no tengan nada. Él nunca va a poder luchar con convicción por una sociedad igualitaria. Él, en esencia, representa la desigualdad.

—¿Usted cree, honestamente, que pueden ganarle a Piñera?

—No sé si le podemos ganar, pero Sebastián representa un mundo en que el centro es el mercado, y no creo que en la sociedad que viene el móvil de la vida vaya a ser sólo el consumo. Al mismo tiempo, tienes al Frente Amplio, un movimiento superinteresante, pero demasiado Twitter, establecido en lo que no les gusta, pero con poca capacidad de proponer soluciones; episódico, como un hashtag que un día tiene una cosa, otro día, otra; y tal vez muy estatista. Yo creo en un Estado potente, pero no en que esté llamado a resolver todos los problemas de la sociedad.

—¿La Nueva Mayoría debería acercarse al Frente Amplio?

—Si nosotros queremos enfrentar un proceso de gobernabilidad y poner a Chile en el Siglo XXI, necesitamos una cosa más amplia, más diversa. Solos no podemos. Cuando la Democracia Cristiana opta por el camino propio es volver al Siglo XX. El camino propio era posible en los 60.

—Pero los líderes del Frente Amplio parecen repudiar liderazgos como el suyo.

—Eso es hoy día… porque para ser justos, los grandes temas del mundo progresista no los han puesto ellos, sino nosotros. El animalismo, los temas de ciencia, los temas valóricos, el matrimonio igualitario, el aborto, no son de ellos: los protagonistas hemos sido nosotros. Ellos han sido buenos acompañantes, en algunos casos un tanto observadores, pero tienen que hacer una autocrítica. Son jóvenes valiosos, porque convocan a los jóvenes a la política, pero hay que ser justos. Si yo digo: ¿qué ha hecho Girardi en la política?, ¿cuántas leyes ha hecho?

—Bueno, lleva más de dos décadas.

—No importa. Pero si dices: ¿qué ha hecho Girardi en estos últimos cinco años? Tú lo sabes. El Congreso Futuro, la ley de alimentos, la ley de donante universal, la ley Cholito, ahora la ley de velocidad mínima de internet.

—¿Su pregunta es qué han hecho Gabriel Boric y Giorgio Jackson?

—No, ellos han aportado a un debate, pero no tienen el monopolio del progresismo. Nadie lo tiene, como para decir “yo con ellos no me relaciono”, porque no es real.

—¿Cree que a la larga se van a unir?

—Creo que hay que tener una confluencia del mundo progresista. La izquierda y la derecha están obsoletas como ideologías, y hay que volver a reflexionar qué significa ser de izquierda en la era del Big Data. Ese mundo ya llegó y hay un desfase de la política. Hoy hicimos una legislación laboral, que aplaudo, pero no habla una letra de cómo la robótica va a pulverizar el empleo. El desafío más importante para la gobernanza del futuro son los datos, los algoritmos, la inteligencia artificial, y no estamos reflexionando cómo eso está cambiando nuestras vidas. Ni la izquierda ni la derecha tienen respuestas, ni les interesa.

—¿Le parece que el dinero ha corrompido el sistema político? En 2005 usted estuvo involucrado en un caso de boletas falsas, antes de que eso fuera un tema.

—Claro, pero la diferencia es que yo no sabía de esas boletas. Yo voté contra la ley de pesca, contra la LGE, contra el royalty a la minería. Creo que ha habido una relación incestuosa entre dinero y política y un intento del dinero de formular las políticas, por eso es importante ver cómo se vota.

—¿Usted quiere seguir siendo senador?

—No me lo pregunto, porque en mi familia nadie quiere que siga. Son cosas que veré… yo me quiero dedicar a la ciencia.

—¿No cree que, éticamente, debe haber un límite de reelecciones?

—Creo en el derecho de decidir de las personas, pero no me niego a esa discusión. Yo quiero dedicarme a promover la ciencia.

—¿Le gustaría ser ministro de Ciencia?

—Sí, me encantaría incursionar en otros ámbitos, pero más específicos.

—¿Pero se imagina como ministro?

—Sí, yo pienso que tal vez voy a haber cumplido un ciclo haciendo cosas interesantes como senador, mi pasión hoy día está muy centrada en la ciencia, que es mi terapia. Pero no podría decir cómo va a ser la humanidad en diez años más.

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